Documental

“Toda mi obra es sueño” Fernando González

Eduardo Escobar hace el recorrido de “Viaje a Pie”

Revista Aleph, 2013

Fernando
González

por María-Dolores Jaramillo

Eduardo Escobar habla
sobre Fernando Gonzalez

¿Qué tan cercano fue usted de Fernando González?

La verdad es que yo fui un poco descuidado con Fernando González y no fui a visitarlo tanto como debiera haber hecho. Yo estaba  en la edad de perseguir muchachas, con relativo éxito además, y usted sabrá perdonarme como yo me perdoné, que me interesara más averiguar a qué olían las ninfetas de la carrera Junín, en Medellín, y qué música guardaban, que espigar en los pensamientos  de los filósofos por inteligentes e intrigantes que fueran. De cualquier manera la intimidad con los amigos auténticos no se mide por el tiempo que pasamos con ellos. Hay muchas personas que vemos todos los días y con quienes al final no conseguimos establecer un contacto que se parezca ni de lejos a la amistad.  Y así como yo siempre he permanecido bajo la influencia de ese hombre, al parecer, mientras él anduvo sobre la tierra, me recordó siempre con cariño y me mandaba a felicitar con nuestros conocidos comunes por mis primeros poemas publicados en la prensa de la parroquia. Su hijo Fernando me contó una vez que su padre se acordaba de mí con frecuencia a la hora del almuerzo. Aunque no sé si sucedía por mi  aspecto desnutrido en aquellos tiempos de la bohemia dura del nadaísmo, o por el afecto   entre parientes. Los dos contábamos con un ascendiente común, el famoso Lucas de Ochoa y Alday, que según sé fue uno de los fundadores de Envigado. Y mi abuelo, mi abuela y mi bisabuela paternos, a veces aparecen en sus escritos. De mi abuelo dijo que no había semana santa en Envigado sin los berridos del Mocho. El Mocho, el padre de mi padre, que tuvo fama de ser el hombre más feo de Envigado,  era el corista de la parroquia.

¿Qué  aprendió del ‘brujo de Otraparte’?

Le gustaba decir que no tenía discípulos, que él creaba solitarios.  Digamos que aprendí de él, o me identifiqué con él, en el mandato de bregar por la conciencia de sí mismo y por conquistar la hombría y la autenticidad. Y claro, en la admiración por las muchachas como expresiones del milagro, como incitaciones al crecimiento interior. En últimas, calificar una relación de amistad y admiración, es muy difícil. Digamos que la amistad es siempre un sentimiento inefable.

- ¿Qué significaba conquistar la hombría?

Bueno, eso: liberarse de los prejuicios, aprender a reconocerse uno mismo como hombre, estar siempre del lado de las causas justas y aprender a decir, sin consideraciones con el respeto humano y las conveniencias, lo que uno piensa, lo que uno piensa que debería decir.  Cambiemos entonces, si quiere, hombría por integridad.

Fernando González afirma la literatura como una necesidad espiritual… ¿conversaban de literatura?

Los nadaístas solo hablamos de cosas de la literatura al principio. Recuerdo que Amílcar Osorio, recordando a Rimbaud, exclamaba a veces en las fiestas, cuando alguien se ponía libresco: Bueno, hijueputas, vinimos a beber, o a hablar de literatura. Claro que con Fernando González nunca  pasábamos del chocolate al aguardiente. Pero tampoco hablamos de libros, nunca. Una sola vez se interesó por un libro, llamado Salka Valka, según me parece recordar, que llevó un domingo a su casa Humberto Navarro. Pero solo discurríamos sobre ideas… o discurrían… porque yo en la infimidad de mis quince años o dieciséis, no hablaba mucho, apenas hablaba… Creo que me limitaba a responder sus preguntas. Una vez que dejé de ir un año seguido, me preguntó por qué no había vuelto. Le respondí que mis padres me habían consignado en un reformatorio. Y él: muy bueno. Allá les enseñan artesanías. Y después habló de la educación de los judíos y de la necesidad de incluir una artesanía en la educación de los jóvenes y de la fatalidad de los padres que piensan que sus hijos son como  relojes que ellos pueden poner en la hora que quieren.

Además con Fernando González era muy difícil hablar… porque era un poco sordo. O se hacía… Y sí, los nadaístas, con él o entre nosotros,  hablábamos poco de literatura, o solo muy tangencialmente. Más nos comunicábamos las cosas de la vida. Cómo nos tocaba la vida. Cómo veíamos andar la vida… Más bien diría que filosofábamos… Y nos reíamos, eso sí. Los intelectuales al uso nos reclamaron con frecuencia que no éramos serios. Y es verdad. Nunca nos tomamos demasiado en serio.  Y ahora me viene un recuerdo a la cabeza.  Una vez Fernando González nos sorprendió a dariolemos y a mí fumando marihuana en su jardín. Y vino hacia nosotros y dijo tan solo, reconociendo el olor. Marihuana. Yo tengo unas matas de marihuana sembradas por allí, pero les gusta a las gallinas y no me las dejan pelechar. Le interesaba mucho la botánica y practicaba la homeopatía con su pariente político el doctor Restrepo Molina, que además fue el hombre que me extrajo de mi madre hacia este mundo y le auguró que le iba a causar muchas dificultades porque me resistí con tenacidad al corte del cordón umbilical.

Fernando González y usted, como intelectuales afines, coinciden en muchas cosas…en la exaltación de la vida, en la pasión por la lectura y la escritura, en el abundante humor de sus páginas…

Me enorgullece haber contado con su amistad. Y que usted me ponga junto a esa figura que yo respeto tanto. Pero mire, yo aún me sigo sintiendo ahora, ya viejo, o en plan de volverme viejo, como el niño que era entonces, un niño sin importancia colectiva,  que se empeña en sobrevivir en medio de una soberbia inutilidad para las cosas prácticas de la vida. Pero anotemos aquí que para González los libros no eran una pasión, sino un apoyo… y que su obra no es propiamente literatura al uso…

¿Qué anécdotas recuerda de Fernando González?

Una anécdota amorosa. Cuando ya había muerto, es un decir, doña Margarita me preguntó cuál libro de su marido debía publicar primero, pues la editorial Bedout le había hecho la propuesta de reeditar sus obras.  Yo le dije sin titubear que El remordimiento. Y ella hizo una cara de desagrado de mujer celosa y replicó: pero es que ese libro está  lleno de mentiras, Eduardo. Esa historia nunca pasó. Muchos días después, en otra visita, me contó que estaba recogiendo cosas del Brujo, recuerdos,  y en la primera página de uno de esos álbumes de fotografías de familia, estaba el papel que le dejó la niñera al cónsul en el bolsillo  de la bata de baño. Supongo que ya se había curado las heridas y que ya no le importaba acordarse de las infidelidades de su marido. A mi padre no le gustaba Fernando González, a propósito. Decía que era un desaforado… Y desaforado… suena a los vicios de la carne… Yo creo Fernando González marcó su pueblo con toda la fuerza de su personalidad, con sus furias, sus lujurias, sus ambiciones, su gusto por la plata y por las fincas bonitas. Ah, también le aprendí eso. A comprar fincas.  Es un gran pasatiempo.

Y un pecado venial. Porque hay que ocultarle al vendedor que uno no tiene plata y fingir interés. El vendedor te atiende siempre muy bien, con sancocho y aguardiente y pasantes.

Fernando González cuestionó la pereza, el ánimo dilapilador, el poco trabajo de los bogotanos…

Estos días, leyendo a Séneca, pensé que fue en cierto modo un estoico. Se parece a Séneca en su empeño de convertirse en educador de la juventud, en promotor de una cierta moral, que sin herir ni empobrecer a los hombres los acercara a lo que él llamó la autenticidad y a la aceptación de sus impulsos. Sin embargo esas contradicciones con el espíritu bogotano se corresponden con cierto talante de época en Antioquia. Y quizás obedece también a su experiencia bogotana. En las Cartas a Estanislao, se deja notar cierto resentimiento. Natural además por el modo como se manejaba el país desde Bogotá,  a punta de vanidades y retóricas vacías. Creo, finalmente, que se identificaba con el modo de hacer política de su suegro.

¿Cómo hacía política Carlos E. Restrepo?

Don Carlos E. dejó fama de ser un político pulcro con la cosa pública, conciliador, decente. Un político muy raro. El que el país necesitaba en su momento.

Fernando González fue un antipolítico…

No se paraba en pelillos… y era directo a la hora de expresar sus opiniones… Participó en política alguna vez, y en las Cartas a Estanislao hay una donde se mofa de su experiencia, una carta divertidísima. Sacó tres votos. Es una de las mejores cartas de ese libro, con la dedicada a Eduardo Santos, en la cual compara el bigote del doctor Santos con las lanas que les salieron entre el pelo a los primeros cerdos que llegaron a Bogotá.

Fernando González le repugnaba la guerra… cuestionó a Hitler y a Mussolini…

Los críticos superficiales destacan en su obra y su vida lo que él llamó el vivir a la enemiga… su desfachatez para cantarles las tablas a sus adversarios, legítimos o inventados,  y a veces su agresividad verbal, que heredó Fernando Vallejo. Pero sobre todo, el vivir a la enemiga fue en Fernando González un mandato que va mucho más allá: es también el vivir a la enemiga con uno mismo. Se le ha reprochado, en los ambientes de izquierda, una incierta inclinación al fascismo por sus visiones de Mussolini  en El hermafrodita dormido y de José Vicente Gómez, en Mi compadre. Pero él se refirió a estos personajes más como ejemplares de lo que llamó también la egoencia, y alabó el modo como saturaban el medio. Tuvo un toque nietzscheano, sobre todo en su juventud, pero descartando el talante ario del guerrero… su lucha era consigo mismo, sobre todo consigo mismo.

Fernando González exalta el ‘espíritu de patria’ como algo propio de los antioqueños…

Me parece que ese concepto de la patria era el propio de su tiempo también. Y habla de su angustia por las deformidades ambientales, del dolor que experimentaba al contemplar un país lleno de vicios, de seres desordenados y desarmonizados, tiranizados por una casta de ambiciosos, y por sus propios vicios y sus enfermedades: el acoholismo, la uncinariasis.

Consideraba connatural en el antioqueño el anhelo de superación…

Pues sí, el superarse, el elevarse sobre sí mismo. Que recuerda a Séneca otra vez. Y otra vez a Nietzsche. Y que se corresponde al mismo tiempo, con una inclinación de la época de su actividad. También por eso, críticos como Jaime Mejía Duque, confundieron su pedagogía con los textos de autosuperación de ciertos escritores yanquis.

Fernando González rechazaba  las medallas, los honores…

Vivió no sé cuánto tiempo por fuera del país. Y al regreso se recluyó en el ostracismo a medias obligado y a medias voluntario de su casa en Envigado. Y enarboló la bandera del pirata en su Revista Antioquia.

La vida de Fernando González estuvo alejada de toda impostura, de cualquier apariencia…

Cuando apareció el nadaísmo dijo que siempre había querido crear una escuela, escuelita, decía en antioqueño, sin pretensiones, de solitarios y le pareció que nosotros la realizábamos… Y por eso nos quiso tanto y se preocupó tanto por nosotros. Gustavo Restrepo, director ejecutivo de la Corporación Otraparte, descubrió hace poco una carta muy bella que le escribió a gonzaloarango una vez, encabezada, según me acuerdo, Gonzalo del alma mía…

El vitalismo de Fernando González deja una enseñanza ejemplar…

El amor por la vida, es evidente. Pero también el deseo de superarla. Es una contradicción aparente. Lo que causaba la fricción con la vida, le permitía sentirse vivo. Le gustaba decir que el hombre que no se contradice es porque está muerto. Pero en su obra se conjugan a veces un cierto vitalismo y un cierto pesimismo. Es su dialéctica: el amor y el asco.

Es muy interesante el estilo mixto de Fernando González…

Me gusta de su estilo sobre todo la manera como equilibra el habla literaria con el habla de todos los días. Es muy difícil de lograr. Si uno rumia sus descuidos aparentes, encuentra al mismo tiempo algo muy elaborado, un estilo, algo conseguido…

La mezcla del lenguaje literario y el  cotidiano produce  efectos sobresalientes… Fernando González y Tomás Carrasquilla logran preservar giros, fijar palabras y expresiones del habla que podrían haber desaparecido sin los registros literarios… y el lector encuentra y recupera amables formas verbales…

Creo que se admiraron mutuamente. Y se identificaron en la idea de que era posible hacer buena literatura a partir de los tipos del pueblo antioqueño y del habla antioqueña.

¿Por qué la prosa de Fernando González no ha sido justamente valorada… y reconocida en su belleza, claridad y precisión…?

Aún, todavía, el canon bogotano, que es el que se nos impone… lo considera anodino. Nicolás Suescún me dijo una vez que no era más que un paisa loco. Y Cobo lo ha menospreciado y en cierto modo, Gutiérrez Girardot. Usted sabe que las gentes del antiplano tienen un dicho: antioqueño, ni grande ni pequeño. Para mí y no son ganas de llevar la contraria, me parece que Fernando González es uno de los grandes escritores colombianos.

¿Qué aspectos podemos destacar de su prosa?

La síntesis tan hermosa a veces entre el habla de todos los días y el lenguaje literario, primero que todo. Y como no se adornaba, y huía del patetismo y la retórica, el resultado es apreciable siempre. Dicen que es uno de los escritores colombianos más reeditados… lo que pasa es que su influencia es discreta. Es lo que hoy llaman ahora un escritor de culto, un escritor de unos pocos y quienes lo amamos y admiramos, volvemos a sus libros una y otra vez y nos dejamos sorprender siempre por su inteligencia y por el carácter que cobija esa inteligencia.

La prosa de F. González limpia, precisa y sin adornos invita a cuestionar nuestras tradiciones retóricas, tan recargadas y excesivas…

Usted lo ha dicho. No es tan fácil escribir con esa naturalidad. Charla con el lector, no se le impone. Es muy elegante.

Ensaya el aforismo… y el pensamiento breve…

Era un hombre muy ingenioso, en el mejor sentido. Irónico y a veces, incluso, sarcástico, cuando se sentía herido.

Contrasta con el abundante impresionismo literario de nuestros escritores desde Jorge Zalamea hasta Germán Espinosa.

Zalamea y Espinosa, siempre parece que quisieran deslumbrar al lector, con sus estilos engolados y sus palabras raras, altisonantes y eso los jode. No se trata de escribir bonito sino de manifestar el alma, la vida.

Su distancia de los poderosos es una importante lección…

Pero al mismo tiempo la gente del poder no lo tomaba en serio… Y los intelectuales bogotanos como  Nicolás Suescún, como ya le dije,  siguen pensando que era un loquito de Envigado y que pertenece más al folclor que a la literatura.  Pero es que Valencia Goelkel también dijo que Carrasquilla le había dado sueño. Yo pienso que debía estar muy cansado cuando emprendió su lectura. Yo desprecié a Carrasquilla muchos años, sin conocerlo, por pura nadaistería, y lo leí, no hace mucho tiempo a ver qué había allí. Y es deslumbrante.

Hay que comprender mejor la capacidad analítica de Fernando González…

Su obra la creó en la rumia del caminante, recorriendo los caminos de las montañas envigadeñas más que en el escritorio. Y por eso casi toda la sustancia de sus libros en principio quedaba en libretas de esas que usaban los carniceros antioqueños para apuntar los fiados y por eso tienen sus libros un aire fragmentario. Pero en su obra hay una gran unidad, desde los libros históricos y políticos, como la biografía de Santander, y Mi  Simón Bolívar, hasta los de la madurez, que son introspectivos, una intensa exploración interior. A la manera de Montaigne.

Sus ideas son muy audaces y novedosas para su medio y su época…

Yo sí creo que fue muy audaz y sobre todo, debió enfrentar un medio mezquino, y plagado de prejuicios. Los nadaístas luchamos en pandilla, en manada, como los lobos. A él le tocó hacer su trabajo de profilaxis social solo.

Fernando González hablaba del ‘camino de la verdad…’

El camino, en el sentido místico del ir descubriendo la verdad que se oculta en las muchachas, las manas de agua y los vahos de su vaca paturra y el olor de la gente y el modo de caminar y la manera de hablar la gente.

¿Qué estados de ánimo suscitan los textos de Fernando González?

Fernando González suscita un montón de estados de ánimo, según la expresión de Heidegger, digamos. Y deberíamos ocuparnos de ese aspecto de su obra que nos incita, a partir del estado de ánimo, de la pequeña vida personal, de cada uno, a la observación de la vida interior, que es donde surge la verdad.

¿Qué opinaba Fernando González de Heidegger?

Alguna vez dijo que los únicos en occidente eran Sartre, Heidegger, y él mismo. Creo ahora que por aquel punto de partida que Heidegger llamaba el estado ánimo y por el Sartre existencialista más que por el materialista dialéctico. Aunque expresó veladamente una comprensión por el comunismo de moda en su tiempo. A propósito, a Heidegger lo leímos los nadaístas de Medellín, en especial sus textos sobre la poesía y el arte. Y yo a veces vuelvo a leerlo. Y para hacerlo soportable, a medida que avanzo lo voy traduciendo al cristiano. Él pertenece a una cierta tradición alemana dada a los circunloquios, el abuso de los gerundios, a enredar las cosas. Una vez le preguntaron a Hegel por lo que quería decir un texto suyo de juventud y dijo que ya no lo entendía. Schopenhauer y Nietzsche de algún modo ofrecen una cierta claridad porque tenían sus modelos entre los ingleses y los franceses. Estos días estuve leyendo unas notas de Nietzsche sobre los franceses llenas de emoción. Aunque me sorprendió su entusiasmo por Carmen. Bizet le parecía enorme. Pero quizás quería molestar al aparatoso Wagner, con quien ya estaba enemistado.

Fernando González se debate entre el deseo por las muchachas… y el remordimiento…

Hay una diferencia con las generaciones del pasado. Nosotros, entonces, las muchachas tanto como los muchachos, soportábamos la carga de un componente que ahora se desconoce: el pecado. Que si bien le concedía al asunto un cierto encanto, en la lucha entre el instinto y la superestructura metafísica también lo hacía a veces doloroso. Doña Margarita le contó, con un gran sentido del humor, ya vieja, a una amiga común, a la amante gringa de Gonzalo Arango, que ella se había resistido a los acercamientos de la luna de miel armada con unas tijeras. Arrímese para que vea, le decía. El pobre hombre, al parecer, tuvo que ejercer una penosa pedagogía sobre su novia, para que cediera y lo dejara arrimar a la cama. Para mi generación, por supuesto, no fue ya tan arduo el acercamiento a la muchacha pero de todos modos había que hacer un largo trabajo de llamadas y visitas para tener derecho a un dedo meñique, primero, a un codo después, y después… Era una labor larga. En nuestros años de juventud el amor era una cosa que se hacía entre tres: el muchacho, la muchacha, y el diablo que estaba siempre más o menos presente… En tiempos del nadaísmo esas barreras comenzaron a pulverizarse. De cualquier manera, sus hijos y mis hijos, se van a la cama con sus amigas de un modo más inocente. Supongo… Y no sé bien si ganan o pierden…
Cómo sería pues el conflicto en la juventud de Fernando González…

Luchaba contra el enamoramiento continuo y el remordimiento…

Recuerde el principio de El remordimiento. Qué animales tan hermosos hizo el Señor al crear las muchachas… Y en las Cartas a Estanislao, asegura que cuando Dios terminó de amasar a Eva, se olió las manos.

¿Cuál fue el conflicto en el amor por las muchachas…?

Bueno, con sus pulsiones sensuales que se confundieron en él, un paisa de su tiempo, con el amor por el dinero, el gusto por las fincas y lo que él mismo llamó sus malas tendencias a la publicidad, a hacerse publicidad. Pero esto de resistir al amor es una vieja tradición que los musulmanes llamaron el amor urdú y que según cuentan fue el amor que experimentó Dante por la niña Beatriz. El amor que se mantiene, convirtiendo la hembra en ideal, sin consumarse.

Los remordimientos de Fernando González se relacionan con sus más íntimos deseos… pero no de haber amado sino de no haberse atrevido a amar…

Era un enamorado de lo que llamó la muchacha. Las muchachas lo enloquecían. Y dicen que con frecuencia se le veía a la salida de la escuela de señoritas de Envigado que si  mis datos son fidedignos después habría de llevar su nombre. No sé cómo sería su vida matrimonial. Por lo poco que me he podido enterar, debió ser amorosamente conflictiva. Doña Margarita lo amaba con inmensa ternura como a un niño…

En El maestro de escuela dice que la cónyuge opina y cela…

Me parece recordar que Kierkegaard, citando a un Sócrates que no encontré en los Diálogos ni en el Jenofonte, decía: te cases, o no te cases, siempre lo lamentarás.  Mi conocimiento del matrimonio antioqueño parte de lo que vi en mi casa. Mi padre era el emperador de la última palabra. Mi madre ni siquiera reía en su presencia. Pero ella fue la que se impuso a la larga, en las decisiones familiares, valiéndose de los silencios de los pequeños actos, de suspiros. En mi familia se usaba que los varones entregaran sus salarios en el sobre cerrado para que los administraran las mujeres. En un artículo sobre el amor expresé la situación. El varón de rodillas con un ramo de nomeolvides encubre su aspiración secreta de devorar a la novia. Y ella sabe que solo simulando la sumisión  reinará sobre el corazón de su amante. El amor es dando y dando. Un juego de falsas sumisiones, pérdidas mutuas y felicidades fugaces. Y estamos condenados a jugarlo. Unos pocos renuncian a la hermosa farsa y se convierten en santos o se enferman… Llevamos siglos tratando de entendernos con el amor. Finalmente, recuerdo a Rimbaud: sucio desdén, único alimento del matrimonio moderno… Pero creo que Fernando y doña Margarita lograron una cierta armonía al final.

Fernando González daba su reino por una muchacha… ojalá de catorce años y medio…

Volvamos al matrimonio. Conozco una anécdota. Un día el hombre resolvió que se iba a vivir a Argentina donde había una industria editorial que le permitiría dar a sus libros una difusión continental. Para financiar el viaje le  pidió a doña Margarita que vendieran sus joyas. Y ella se negó a entregar su tesoro. Entonces el hombre enfermó de gravedad y se echó en la cama… in articulo mortis. Al fin ella, aconsejada por la familia, dio su brazo a torcer. Si entendí bien el chisme, a última hora el joven Fernando tuvo una iluminación y resolvió invertir el dinero en acciones petroleras del Carare. Fue a Medellín, compró un paquete de acciones. Y cuando volvió a su casa las acciones habían bajado de precio en una de esas estafas revestidas de legalidad aparente que suelen repetirse en Colombia y en todas partes, de cuando en cuando… Por eso es que el hombre sabía tanto de enredos bursátiles. Algunas personas, amigas y admiradores del Brujo, piensan que la divulgación de estos anecdotarios lo rebajan,  irrespetan su memoria. Pero yo creo que solo hace más encantadora y transparente su personalidad. Era un paisa de Envigado, uno que defecaba mirando al cielo. A mí no me gusta que conviertan a mis amigos en santos. Además, casi todos esos secretos están insinuados en su obra de una manera más o menos desvergonzada. En el mejor sentido de la palabra. Por ejemplo, en la historia con Jovino en la Tragicomedia del Padre Elías y Martina la velera, se narra cómo corría los cercos para hacerse al lecho seco de una quebrada, el padre Elías, que fue una imagen de su alteridad en sus últimos años, cuando se cansó de Lucas, Manjarrés, Jacinto, etc.

Las reflexiones de Fernando González sobre el matrimonio aúnan la influencia de Schopenhauer… y la experiencia propia…

Mire, yo sé por experiencia lo difícil que es ser un escritor casado. Gonzalo siempre me aconsejó que mantuviera mi celibato y evitara a los hijos…

En F. G. hay mucha comprensión, mucha inteligencia. Es un nitezcheano que le contesta  a Nietzsche… y mira la infidelidad como virtud de buscar…

Mi padre me parió cabezón pero infiel, le gustaba decir.

Fernando González es un gran observador de la psicología humana… explica muy bien que la mujer dice no cuando quiere decir sí…

Y que el pudor femenino está en los oídos…

Fernando González se debate entre el deseo carnal y el hambre espiritual…

Es la vieja pulsión, Tanatos y Eros… Que algunos han achacado al cristianismo, pero que está en la raíz de la cultura, para Freud, desde la prohibición del incesto. Todas las culturas desde el principio se sintieron en contradicción con la sexualidad, desde que inventaron los portapenes, primero, y el traje después… y después la sofisticación del pecado…

En El remordimiento ofrece a la Virgen, en cambalache, calzoncitos por conocimiento…

Es una de las partes más conmovedoras de ese libro tan hermoso. Y también encierra un gran sentido del humor muy propio de Fernando González. Se imagina usted a un cónsul ofreciéndole unos calzoncitos de muchacha a la Virgen…

¿Cuál es ese complejo de hideputa del que habla Fernando González?

El complejo de hideputa es según la definición de su descubridor, el de los hechos a escondidas, el de los faltos de autenticidad, el de los que son incapaces de quererse en lo propio y siempre están imitando… Así lo llamó,  con la contracción del castellano antiguo: complejo de hideputa… el complejo de los hijos de los frailes.

Es hermosa y sabia la contraposición que hace F. G.  entre los pretenciosos sistemas filosóficos y los balbuceos…

Los hombres no hacemos más que bregar por decir, por decirnos… Estoy leyendo a Hawking, tardíamente, estas noches… y veo que la ciencia moderna no es más que una gran armazón de hipótesis inciertas… incomprobables en últimas más allá de las descripciones matemáticas…

Delimita muy bien el campo de la filosofía como explicación de las causas… como pregunta… como intento de respuesta tentativa… la teología y la metafísica quedan excluidas…

Aunque en el último libro, la Tragicomedia del padre Elías y Martina la velera, acusa a sus contemporáneos de haber lanzado al tacho de la basura de la metafísica muchas preguntas que deberían mantenerse vivas, porque siguen siendo esenciales…

Antioquia tiene a Fernando Botero, constructor de volúmenes… y a Fernando González, pintor de animales en celo…

Botero fue amigo de Gonzalo en el bachillerato, y me contaba que Botero solo ambicionaba entonces reunir una plata suficiente para comprar una tienda en Sonsón, contratar un dependiente que se la administrara y  dedicarse a la pintura en la  trastienda… Pero en Nueva York lo cebaron con el gusto por el verde de los dólares… y se convirtió en el empresario maravilloso que es…

A Fernando González le gustaban los heterónimos

Creo que eso de los heterónimos fue una costumbre entre sus contemporáneos… A León de Greiff alguien le contó como cuarentaitantos… Fernando, que me acuerde, es el padre Elías, Jacinto,  Manjarrés, el maestro de escuela… y claro, Lucas de Ochoa, el bisabuelo común…

Tal vez lo más interesante de Fernando González fue buscar el pensamiento propio…los conceptos y hasta las definiciones son propias…

Fue muy inteligente en su búsqueda, realizada a partir de los paradigmas de su cultura y su tiempo. Cuando apareció el nadaísmo, dijo: Voy a orar por estos jóvenes que se están desnudando.

El rastreo de la historia política del país y su manera de intercalarla con humor en distintas narraciones ¿es una de las herencias del brujo de Otraparte?

Sus obras fueron de cierto espíritu nietzscheano de la juventud  a lo inefable en el sentido de Wittgenstein, pasando por la digestión de la circunstancia o la historia. Y supongo que todos hacemos algo parecido por razón o por fuerza.

Recuerda usted en Prosa incompleta que Fernando González era también un escritor de devocionarios… y un místico…

Yo diría que en esto reside su gracia, en elaborar su propia sustancia a partir de lo dado, de su medio y sus bajezas y grandezas. Algunos desprecian el espíritu religioso. Pero usted  sabe que yo respeto mucho esa dimensión de la condición humana. El gusto por la intuición de los invisibles.

El agradable humor de Fernando González lo comparten otros escritores antioqueños… Tomás Carrasquilla… León De Greiff… Gonzalo Arango… X-504… Eduardo Escobar…

Tal vez el antioqueño en medio de sus frustraciones, para sobrevivir recurre al humor, a la ironía. El sentido del humor es un signo de la inteligencia, dicen. Y es un recurso para atraer. La gente demasiado seria espanta a la larga, atedia.

¿Qué emociones produce  la relectura de Fernando González?

Un gran disfrute que es al mismo tiempo una revelación que no se cansa. Todos los días redescubre uno cosas nuevas en el hombre, en el decir y en el pensar, a medida que uno mismo evoluciona ciertos autores se engrandecen. Es uno de los pocos escritores a los que vuelvo siempre con respeto y cariño.

Es de admirar el valor personal de Fernando González, su  coraje y  sinceridad al atreverse a exponer un pensamiento independiente, en contravía de la Antioquia pacata, clerical y conservadora de su tiempo…

Se opuso a las mentiras medioambientales… Y a su modo y manera y como un hombre de su tiempo esperó un gran destino para Colombia, para Latinoamérica. Con su ilusión de ver aparecer al Gran mulato. Chávez como expresión del Gran Mulato, seguramente lo habría decepcionado.

Podría corresponder su visión del Gran Mulato de alguna manera con la ilusión nietzscheana del hombre superior?

Podríamos tomarlo como una variación dentro de esos prejuicios culturales que vivieron los hombres de esa generación, prejuicios derivados muy probablemente de las ideas de Gobineau… El espíritu del paisaje y el genio de la raza fueron  paradigmas antes de nuestro tiempo más intrigado por las armazones del código genético.

Un hombre, inteligente, vital, con simpatía y humor, lleno de gracia y carisma personal… ¿por qué fue un solitario?

Fue un incomprendido, porque asustaba su lenguaje desfachatado y la falta de pelos en la lengua. El maestro de escuela desarrolla la idea del grande hombre incomprendido que se sentía. Es una novela minimalista que mereció elogios de hombres como Torton Wilder, el novelista norteamericano. Pero como le dije primero, es un escritor de culto y lo era ya en vida y su casa se llenaba de gente que lo quería los fines de semana. Pintores, escritores, arquitectos y hasta simples cacharreros de Guayaquil, que sentían curiosidad por el personaje.

¿Qué aspectos visionarios le podríamos reconocer a Fernando González?

Bueno, él pensaba que mientras no alcanzáramos la autenticidad, es decir, mientras no aprendiéramos a pensar nuestros problemas por nosotros mismos, abandonando el complejo de hideputas que nos hace imitar todo lo que nos viene de afuera,  el país no tendría remedio. Por eso creo que es tan importante su enseñanza. Mire usted que todo lo copiamos, comenzando por nuestra constitución que es un enredo calcado de cosas foráneas. Aquí en Bogotá sobre todo, los alcaldes, en vez de pensar en el modo como viven los bogotanos, como les gusta vivir a los bogotanos, vuelven cargados de ideas para mejorar la ciudad,  de sus viajes al Japón o al Brasil o a Los Estados Unidos o Milán. Yo trabajé en una agencia de publicidad y una vez oí a un creativo decir esta barbaridad: se me acaba de ocurrir una idea, dijo. ¿Por qué no fusilamos esto? Y nos mostró el aviso de una revista alemana.

¿En Prosa incompleta usted hace una valoración literaria de F. González y destaca la unidad y coherencia de la obra…

Fernando González escribió un solo libro. Todos sus libros son una sola obra: los apuntes de su propio camino. Un gran autorretrato en el cual podemos contemplarnos todos, uno por uno, no en masa. Uno por uno.

¿Cuáles son las más feroces diatribas  de Fernando González… las que produjeron más asombro y rechazo social…

Hay un panfleto ejemplar en las Cartas a Estanislao, en una que le dedica a Eduardo Santos. Pero hay muchas alusiones cargadas de veneno a lo largo y ancho de su obra, aunque siempre advirtió que no odiaba a nadie más que como expresión de vicios sociales. A Mariano Ospina, por ejemplo, lo llamaba comulgante con fotógrafo.

Poca crítica ha reconocido la riqueza musical de la prosa de Fernando González…

Bueno, hay escritores así… Para minorías. El Ulises de Joyce aparece de año en año en la lista de los libros importantes de nuestro tiempo y no conozco diez personas que lo hayan leído con juicio. Nuestros intelectuales leen mucho de oídas o se alimentan con las solapas de los editores. Inauténticos. Mentirosos. Creen que son intelectuales porque representan un papel.

En la obra de Fernando González hay memorias, autobiografía, reflexión filosófica, análisis histórico, crónicas, novela, digresiones, drama y comedia… en esa moderna fusión de los géneros fue un  adelantado vanguardista…

Yo sí creo. Un adelantado en muchas cosas.

¿Fernando González les dio a sus hijos consejos de librepensador? Alguno fue a la universidad?

Me parece haber  sabido que sus hijos accedieron a la educación formal cuando ya estaban grandes. Que prefería siguiendo a Rousseau la educación personalizada en contacto con la naturaleza. Algunas personas como Velasco Ibarra que fue presidente de Ecuador como cinco veces y lo derrocaron siempre, era su huésped en las desgracias políticas y hacía de institutor de sus hijos Simón y Fernando a quienes conocí y de quienes fui amigo. Simón era ingeniero, me parece, de alguna universidad yanqui. Y Fernando, abogado. De los otros, sé muy poco… Solo que uno les prohibía a sus hijos los libros del abuelo.

Fernando González es un observador de la calle, las plazas, el mercado…

Estaba entregado a un ostracismo más o menos voluntario, y cuando apareció el nadaísmo sintió que había llegado su hora, que había surgido la generación que iba a reconocerlo en su grandeza. El mismo  dijo que los nadaístas eran como la escuelita de hombres libres que él había soñado en vano en su juventud. Y que cuando se  encontró por primera vez con Gonzalo Arango sintió que se encontraba consigo mismo viniendo a sí mismo.  Pero no  sé cómo se resuelve su pregunta. Gonzalo, aunque era un buen lector, no puso su alma entera en los libros y aprendió a seguir los impulsos de la vida. Yo, mea culpa, me convertí en cambio en un devorador de bibliotecas… O mejor dicho, seguí siendo un devorador de bibliotecas… Porque ya antes del nadaísmo mi bibliomanía preocupaba a mis padres… Eso no quiere decir que hubiera renunciado a las enseñanzas de la calle. Habiendo carecido de un hogar, en mi adolescencia recorría el país con tres cajas grandes de libros que a veces se me desbarataban en plena calle.
Qué lío.

En Carta a Fernando González incluida en su libro Invención de la uva dice usted que todos lo destrozaron… que no lo amaron…

Bueno, ahora me parece una expresión pueril. Pero es verdad. La gente incluso lo agredía, los choferes de plaza, los truhanes de la aldea. Porque pensaban que era un incrédulo, un hereje.

A Fernando González la escritura lo conduce a sí mismo… a mirarse a sí mismo… libre de influencias académicas y librescas…

Él se llamó peripatético. Era un andariego. Y buscaba su inspiración en los caminos veredales de esas lomas de Envigado que yo viví en los años de mi primer matrimonio y que sigo amando de corazón… y donde quizás algún día vuelva… aunque esas lomas han cambiado tanto desde que las colonizaron los barones del narcotráfico.

En El testigo y las máscaras, texto incluido en su libro Prosa incompleta, usted recuerda que Montaigne defiende la presencia del yo en la escritura, la inclusión de lo personal e íntimo… y destaca esta tradición recogida en Colombia por Fernando González… y también por usted…

La autobiografía dicen algunos que será la escritura del futuro. Todo el mundo, como digo en Lecturas de la muerte de Dios, (que terminó publicada en el 2013 con el título de Cuando nada concuerda), cree tener un Yo y el derecho a ventilarlo ante sus semejantes. Pero no basta escribir en primera persona. Ante todo, esa persona debería estar inscrita en un espacio que la supera, integrada en una dimensión mayor que el pequeño pronombre de la primera persona del singular… en una aventura interior que a través de ese yo ensanchado abra también el mundo del lector o por lo menos consiga asombrarlo. Los siete pilares de la sabiduría de Lawrence, lo mismo que la feliz verborrea de Henry Miller, pertenecen a esta clase de autobiografías  que sobrepasan el testimonio personal. Otra cosa es Fernando  Vallejo, que aunque a veces es tan divertido, se queda a mitad de camino en la exasperación egoísta.

En cuanto a mí, me gustaría escribir alguna vez una Autobiografía desnudo, que narrara la experiencia de un muchacho de mi condición y en su medio, regalado y torturado también por una educación confesional. Tal vez me sirva para purificar mi experiencia, mis recuerdos, que a veces duelen y que a veces también entiendo como un apoyo que me permitió ser el que soy en mi singularidad, según la singularidad, la terrible singularidad que me impresionó tanto en mis lecturas precoces de Kierkegaard… esa singularidad que me permitió no desfallecer en los peores momentos de mi vida, en mis cárceles de adolescente, en mis hambres de adolescente, en mis abandonos.

Tal vez Fernando González logra mediante la confesión personal un vínculo de complicidad y cercanía con el lector…

En todo caso, hizo una exploración maravillosa en los espacios del yo, para desmantelar las nociones de lo mío y lo tuyo, por ejemplo.

¿Cuál obra de Fernando González le gusta más?… y ¿por qué?

Cada uno de sus libros completa el anterior, lo hace avanzar… desde su pequeño yo personal de adolescente, expresado paradójicamente en Pensamientos de un viejo, hasta sus preocupaciones por la historia y hasta las reflexiones místicas del final, aunque deba calificarlas con esta palabra tan desprestigiada, donde trata del entendiendo, del vivir en el gerundio, de la desnudez de los preconceptos, de la comunicación con la Nada, del valor de enfrentar la nadidad y del canto de la juventud… Así pues, creo que para entenderlo, es preciso leer toda su obra, los quince libros que publicó en vida… Para gozarlo, las Cartas a Estanislao, son una fiesta de humor negro y una expresión de soledad incomparable… Y El remordimiento… tratado de teología moral, que cuenta la historia de la culpa que casi lo mata de haber dejado virgen a la niñera de sus hijos en Marsella… Ese señor es muy complejo. El remordimiento es el remordimiento de haber obrado bien… Un descubrimiento suyo, enteramente.

¿Tal vez hay en Fernando González una nueva propuesta ética y filosófica?

Carlos-Enrique Ruiz me regaló hace días unas obras de Spinoza, que me hicieron entender mejor el pensamiento de Fernando González. Él, lo mencionó a veces, aunque no era dado a revelarnos sus influencias y sus lecturas, pues estaba convencido de que no son los libros los que nos revelan, sino la rumia de uno mismo. En todo caso, creo que es un sabio de la estirpe de Spinoza. Cómo no. Y de Séneca y Cicerón. Sin exagerar. Gutiérrez-Girardot se preguntaba si es posible filosofar entre nosotros. Pues sí, Fernando González filosofaba en Envigado, mi patria chica.

por David Escobar Parra, 2014

Nada contra corriente

David Escobar se cuestiona la posición del escritor Eduardo Escobar frente al gobierno del presidente Uribe y la polémica que generó entre otros escritores.

El poeta Eduardo Escobar

ARQUITRAVE

Por Elkin Restrepo

Un día, a principios de los años sesenta, comenzó a aparecer en Medellín, escrita en las paredes y fachadas de los edificios de la ciudad, una palabra que de inmediato despertó la curiosidad ciudadana: Nadaísmo. Estaba escrita en tinta negra y con ella, en la ciudad pulcra y blanca, se anunciaba algo que, aunque no se sabía de qué se trataba, pronto no tardó en revelarse cuando a través de una serie de actos escandalosos un grupo rebelde rompía la paz bovina del lugar, declarándose de paso portador de un nuevo evangelio que amenazaba con no dejar piedra sobre piedra. Su líder se llamaba Gonzalo Arango, quien había organizado sus huestes con adolescentes, algunos de ellos ex–seminaristas, pre delincuentes y desocupados, y hablaba de poesía, libertad y mística.

La historia ya se conoce, pero quizá sea necesario decir que, para los muchachos de entonces, sobre todo para quienes ya nos asomábamos a la poesía y la literatura, los nadaístas llegaban en el momento en que, con su desenfado, filosofías y vida sin ataduras, representaban aquello que más anhelábamos.

Su imagen social, olorosa a azufre, ofrecía al fin una imagen del escritor contestatario, y esto era importante. En Medellín, los nadaístas habían elegido como territorio suyo a la carrera Junín y tomaban eternos cafés y Coca-Colas en El Salón Versalles y El Metropol, que era un salón de billares que daba enfrente. Imitaban, con sus peinados y ropas estrafalarias, a los existencialistas parisinos y no dejaban de mostrarse a los ciudadanos como criaturas raras. Hasta allí, a veces, íbamos a verlos a falta de diversión mejor.

Una mañana vi a Eduardo Escobar cruzar de una acera a otra aquel territorio sagrado. O a quien me dijeron que era Eduardo Escobar, pues yo no lo conocía. No tenía más de quince años, era bien plantado y su aspecto rebelde me hizo pensar en Arthur Rimbaud –sobre el cual el mismo Eduardo ha escrito la más bella y verdadera de las semblanzas del poeta gangrenoso –, a quien los nadaístas tenían, como apenas era obvio, como su santo patrón.

A parecerse al pobre Arthur, de un modo u otro, jugaban también los otros jóvenes airados de las huestes bárbaras:

Darío Lemos (a quien le amputaron también, vuelto de una Abisinia imaginaria, una pierna), Amilkar U, Alberto Escobar y un niñito insoportable de apellido Zalamea que sufría los estigmas del más grande de los poetas modernos.

Eduardo, subido al barco ebrio rimbaudiano, por lo que leía en la prensa y en los libros que empezaba precozmente a publicar, escribía poemas crípticos pero lo suficientemente hermosos para que no pasaran desapercibidos y otorgaran a su autor fama y reconocimiento. Por entonces, comenzaba también, para abrir las puertas de la percepción, a experimentar con la droga, a la que daba cariños y tratos de leguminosa. Sin embargo, tentado por asuntos mayores, Eduardo no se extravío en el “malditismo” y más bien, manteniendo viva la lección de Fernando González, envigadeño como él, y su maestro de todas las horas, buscó y busca aquella verdad que espera en el cruce de las otras verdades, apoyándose en una religiosidad sin religión pero enaltecedora siempre del asunto humano. De ahí también que, como suele suceder en sus columnas periodísticas, se atreva a decir lo que piensa, así lo que piense no sea lo que habitualmente piensan los que dicen que piensan sin atreverse a mucho.

Poeta, ensayista, biógrafo y columnista, la vida le ha alcanzado para todo. Pocos intelectuales colombianos piensan, dicen o escriben con la agudeza, el humor, la libertad y el conocimiento con que el nadaísta de ayer, preocupación permanente de sus padres, hoy lo hace.

Los años, que a tantos colombianos sólo les sirve para hacerse pícaros y vividores, a Eduardo le han servido para ser un hombre de bien, a su manera, lo que no es poca cosa en estos tiempos de espectáculo orbital, shopping desenfrenado y condición mezquina.

He tenido la fortuna, como sucede con otros escritores de mi generación, de ser testigo del cumplimiento de su destino de poetas, y quizá sea hora de decirle que de él he aprendido lo que he tenido que aprender y también desaprendido lo que había que desaprender. Que es una manera de llamarlo mi amigo.

El tiempo, 2017

Eduardo Escobar,
el santo
y poeta

por María Alexandra Cabrera

El también periodista y escritor habla de su vida y carrera.

Eduardo Escobar parece un monje, un ermitaño, un penitente. Tiene una camiseta blanca de manga larga, un pantalón de dril beige y una mochila tejida. Camina con parsimonia, como si cada paso representara una meditación en movimiento. Con dos dedos –largos, huesudos–, sostiene un colador por el que lentamente caen las gotas de café mientras canta, con esa voz melodiosa y tranquila, las primeras líneas de “Yo también”, un tango que Luis Rubistein escribió en 1940: “Me estoy sintiendo viejo, detrás del alba se va la vida. Hoy me miré al espejo y siento mi alma que está vencida”. El poeta saca la boquilla del bolsillo del pantalón. Enciende un cigarrillo Belmont. El humo gira y él se queda en silencio.

Nació el 20 de diciembre de 1943 en Envigado. Fue el segundo de diez hijos, aunque siempre se ha sentido el primogénito por ser el primer varón y porque dice que el nadaísmo –la corriente poética y filosófica que le dio un vuelco a las letras colombianas en los años sesenta y setenta–, a excepción de Gonzalo Arango, fue un movimiento de hijos mayores. Ha publicado 24 libros, entre los que se destacan Invención de la uva (1966), Del embrión a la embriaguez (1969), Cuac (1970), Confesión mínima (1975), Correspondencia violada (1980), Nadaísmo crónico y demás epidemias (1991) y Ensayos e intentos (2001). En 2013 publicó Cuando nada concuerda, un libro de ensayos, y ahora prepara Cabos sueltos, la lectura como pecado capital, que saldrá a comienzos de 2017.

El poeta come poco y a deshoras. En la mañana se toma un café, un jugo de naranja y un vaso de Ensure. En la tarde, un sánduche y un té. Según él, comer poco es el secreto para mantener la salud. Todos los días se levanta a las seis de la mañana, enciende el radio, sintoniza a Darío Arizmendi y comienza la lectura obligada de varios periódicos del mundo.

Luego se encierra a escribir artículos para revistas, a pulir los ensayos del próximo libro y a coquetearle a una novela sobre su madre. Algunas noches ve programas científicos sobre el colapso del sol o la entrada del mercurio en las minas del Perú o lee hasta que se cansa. Ahora está leyendo, por cuarta vez, la tetralogía José y sus hermanos, de Thomas Mann, uno de sus libros preferidos, y un trío de biografías de Marx.

A veces pasa las tardes tomando cerveza en la plaza de San Francisco, un pueblito de Cundinamarca donde los borrachos lo confunden con el primo del expresidente Uribe y las quinceañeras le sonríen con cariño. Hace muchos años –más de veinte, tal vez– se instaló en una finca a las afueras del pueblo. El lugar está cercado por árboles de aguacates, naranjos y orquídeas. En la entrada hay una piscina, cubierta con una capa de musgo verde, que nunca usa.

Vive solo. Después de la muerte de Pedro, un perro fila de potentes ladridos, y de Paul, un golden retriever, hace un año llegó Rufián, una mezcla de fila con gozque que llora cada vez que Eduardo le prohíbe la entrada al estudio. Hace tres años desocupó la casa principal de la finca porque la quiere convertir en hostal –un proyecto que no avanza– y se trasladó a la casa que era de los cuidanderos. Una casita blanca con un baño, una habitación y un gran estudio donde tiene un computador Mac, un retrato que le hizo Raquel Giraldo, algunas fotos en blanco y negro, ceniceros repletos de colillas, un costal que hace las veces de caneca, un sillón de cuero viejo, discos y cientos de libros que permanecen desparramados en el escritorio, en una repisa, en una mesa, en el piso. Eduardo dice que quiere ordenarlos y tener una biblioteca que, algún día, pueda ser consultada por mucha gente. Por ahora se dedica a lo que siempre ha hecho. Escribir ha sido su manera de santificar la vida.

ENTREVISTA COMPLETA

- ¿Cuándo se enamoró de los libros?

Los libros me gustaron con un amor precoz antes de aprender a leer. Tuve un tío cura que tenía una pequeña biblioteca y a los tres años, sin saber por qué, me gustaba contemplar esos libros llenos de polvo, con cintajos y a veces con los lomos dorados, sin comprender que esos objetos iban a apoderarse de mi vida a la larga. El primer libro que leí fue una colección de cuentos de los hermanos Grimm.

¿Qué tanto lo marcó la relación con su tío cura?

El cura fue una figura poderosa para mí en mi primera infancia, una figura prometeica. Viajé mucho a caballo con él por esos pueblos antioqueños donde él fue párroco, lo acompañaba a consolar a los enfermos y a enterrar a sus muertos, y supongo que eso me daba importancia a mis propios ojos porque sentía que tenía una misión en la vida.

Cuénteme de sus padres.

No creo que tenga tiempo para oírme esa novela, la saga de esos dos personajes sin importancia colectiva que criaron diez hijos desde la inopia, sudando, ingeniándoselas para mantenerlos a flote, cambiando de ciudad y de casa como si huyeran de algún enemigo poderoso o como obnubilados por alguna esperanza.

¿Qué recuerda de su infancia?

Fui siempre un solitario, sin amigos, un poco raro entre los otros, no sé bien si porque los demás me aislaban para no soportar mis silencios y mis preguntas, pocas pero amargas, o porque yo me defendía de los demás, apartándome.

Además, aunque mis padres eran pobres se sentían poseedores de cierta nobleza, y consideraban que no existía nadie digno de relacionarse conmigo. O esa impresión me dejó su desdén por todos mis pequeños afectos. Me pasé la infancia sin amigos, contemplando las faunas que proliferaban bajo las piedras en los patios, la música que producían las gotas de agua de una llave desajustada sobre el horizonte de una alberca, o imaginando cosas, viajes, monstruos. Y que era santo y hacía milagros.

¿Qué clase de santo quería ser?

Quise ser un santo incomparable, particularmente muy parecido a mí, singular, con su propio estilo de milagrero. Pero de pocos milagros. Un santo sobrio. Como trato de ser un autor sobrio, sin adjetivos de manteca, ideas de porcelana ni efusiones de relumbrón.

Tenía diez años cuando ingresó al seminario de Yarumal. El asunto iba en serio.

Al seminario me atrajeron la pompa de la liturgia vieja, los escenarios de las grandes iglesias de antes y esa música noble del órgano de mil flautas que los curitas marxistas reemplazaron más tarde por las misas criollas con charangos. A esa edad no me habían ganado el alma la confusión y la desconfianza en todo. Y sobre todo la desconfianza en la desconfianza, que es la más pastosa.

¿Cómo se imaginaba la vida sacerdotal?

Siempre fui un arrogante, ahora que lo veo, y quería estar en contacto con las cosas eternas y entenderme personalmente, y en latín, con Dios. En secreto quise ser el primer papa latinoamericano, lo cual me decían que era imposible, sin saber que había un argentino haciendo cola.

En la biblioteca del seminario descubrió a Emilio Salgari. ¿Qué tan determinante fue ese autor en su vida?

Salgari me hechizó, me convirtió en un vicioso de los libros para siempre. Al descubrirlo, me aparté casi del todo de la sociedad humana, hasta hoy. Creo que me identificaba con esos ambientes paganos que pinta, con sus selvas de vegetaciones intrincadas y esas islas remotas plagadas de enemigos gratuitos. Sus horizontes coincidían con mi vocación de misionero, de ser sin familia. Salgari también me indujo a escribir mi primera novela, perdida hoy, a los diez años. Era una novela como las del autor italiano, con aventureros del pillaje, con piratas exóticos y llena de bestias incongruentes.

De aspirante a cura pasó a convertirse en nadaísta. ¿Cómo fue eso?

Me fue aburriendo la tristeza del seminario, ese edificio empotrado en el cielo de hielo de Yarumal y un día pedí permiso y me fui. Casi enseguida me encontré con los nadaístas en plena pubertad, después de un interludio límbico, digamos. Fue una voltereta atroz. De la fe a la indiferencia. Y de la indiferencia al cinismo del desorden del movimiento nadaísta. Fui el séptimo apóstol de la nueva oscuridad, como llamamos al pequeño amotinamiento.

¿Qué encontró en ese grupo?

Debí identificarme con ellos porque también andaban entre libros y escribían poemas. Al primero que vi y saludé fue a Gonzalo. Y después conocí a Amílcar Osorio y a Elkin Gómez. Y a Cachifo y después a Darío Lemos. Fue con Darío Lemos con quien establecí una relación más intensa por aquello de las perversidades que compartíamos. Los demás nadaístas nos llamaban las flores del mal. Nos gustaba el desorden nocturno, el pecado, las transgresiones. Y las muchachas de la calle Junín de Medellín, entre las cuales teníamos un éxito endemoniado.

¿Le preocupaba ser el más pequeño del grupo?

No. Como no tuve infancia siempre me sentí mayor, elegido, distinto y me sentía bien. Tenía novias, me emborrachaba, fumaba marihuana antes de que me saliera la barba. Los nadaístas me querían y yo los quería. Formábamos una tierna fraternidad. Gonzalo [Arango] me llamaba “el Nieto”. No me molestaba. Los otros, más irrespetuosos, me decían Eduardito. El diminutivo sí me escocía, pero jamás dije nada. Creo que yo era el más viejo de todos en el fondo, el de alma más vieja, dicho sin modestia.

Su cercanía con los nadaístas alertó a sus padres, quienes decidieron ingresarlo a un preventorio infantil. ¿Cómo fue esa experiencia?

Preventorio se llamaba la cárcel de menores de Medellín y era lo más parecido al infierno. Allí encerraban a la gaminería, a los pequeños transgresores, los ratoneros y los cosquilleros que eran expertos en vaciar bolsillos. Era un lugar horrible, lleno de plagas, chinches, carangas y ratas.

También estuvo preso en la cárcel La Ladera, de Medellín. ¿Por qué?

Estuve allá varias veces, en ese infierno mayúsculo. Me acusaron de rapto y estupro porque cometí el dulcísimo pecado mortal de acostarme con mi primera noviecita a los quince años. Pero más fue el susto que el pecado. Alberto Aguirre, el periodista antioqueño que algunos consideran una conciencia moral de Antioquia, tuvo su papel en esta injusticia conmigo. Era muy amigo de la muy burguesa familia de mi fruto prohibido.

Explíqueme eso. ¿Qué tuvo que ver Alberto Aguirre en ese episodio?

Alberto era el más burgués de los libreros, con una actitud feroz de liberal con bigote a la Nietzsche. Era un tipo muy raro. Ahora que lo pienso, él me tendió la trampa con policías primero y después me sacó de la cárcel haciéndome firmar un montón de papeles a ciegas. Y así quedó de perlas con la familia de la muchacha y con los poetas de vanguardia al mismo tiempo.

¿Qué pasó con esa novia?

Cuando salí de la cárcel ya tenía otro novio. Se trataba de Manuel Mejía Vallejo. Con mis amigos, solidarios con mi dolor, aterrorizábamos al novelista en las noches de Medellín, más en broma que en serio. Los seguíamos en silencio por los bares. Lo rondábamos con aires de pocos amigos, como hacían los matones de las películas de vaqueros que veíamos entonces. Mejía era un tipazo, después de todo. Más tarde él se encargó de publicar mi primer libro de poemas, Invención de la uva.

¿Cómo fue su relación con Gonzalo Arango?

Mi amistad con Gonzalo fue floreciendo con los años. Nos amamos mucho. Nos identificábamos en muchas cosas. Y sobre todo en cierto modo de entender la literatura como una responsabilidad con nosotros, con la lengua y con la sociedad, no como un adorno para lucir en los cocteles. Más que amigos fuimos hermanos.

Con Jotamario ha tenido diferencias. ¿Qué le admira, qué le critica?

Esa es una pregunta patafísica. Admiro sus primeros poemas. Le critico la frivolidad. Y lo quiero una barbaridad. Ya nos vemos poco. Él piensa que yo soy de derechas, lo cual me irrita mucho. Por mi parte, yo dudo de su sinceridad cuando se declara un artista de izquierda.

Hablemos de poesía. ¿Cómo fueron recibidos sus primeros poemas dentro del grupo?

Al primero que le mostré mis poemas de colegial de catorce años fue a Amílcar Osorio, comiendo una banana Split en la heladería San Francisco, en Medellín. Y digamos, si no es un falso recuerdo, que me hizo prometerle que los rompería al llegar a mi casa. Recuerdo que le leí un poema que decía más o menos: “las campanas del olvido para todo el mundo suenan, para mí no sonarán”. Él me dijo “eso es muy malo, así no funciona la poesía moderna”, entonces cogió una hoja y escribió: “Las horas en el reloj son verdes”, y yo también quedé verde, y más tarde me prestó las odas elementales de Pablo Neruda.

¿Cuál ha sido su mejor poema?

Hay uno que escribí como a los veinte años y que no tiene nombre. Me vino una vez en una playa de Córdoba, me senté en un tronco y me vinieron de alguna parte estas palabras: “Todas las cosas se ocupan en su misterio, la amarilla mariposa marina bebiendo del filo de la ola, la espuma del banco de sardinas que cruza el horizonte y las gaviotas en el vómito de los marineros”. Tampoco me avergüenza haber escrito “Cucarachas en la cabeza”, que un gran poeta cuyo nombre me reservo, por si cambió de opinión, piensa que es un poema emblemático del siglo veinte en Colombia. Y también me gusta “Mi padre el anticuario”. Manuel Mejía pensaba que es un poema antológico.

¿Hacia dónde debe dirigirse la poesía?

En el nadaísmo usamos como motivos de la poesía las cosas de la ciencia, al principio, y el lenguaje de la física y la astrofísica, y siento que el poeta moderno debería acercarse mucho más a esos ámbitos. Los poetas ahora siguen suspirándole al lector en la cara y hablándole de sentimientos personales. Los más famosos, como William Ospina, paisajean. Y Juan Manuel Roca y Benedetti hacen poesía vieja, antigua. Creo que los nadaístas hicimos un intento verdadero de una nueva poesía y eso debería ser tenido en cuenta, aunque después de nosotros la poesía volviera a echar para atrás, a un cierto romanticismo más o menos deleznable, con cieguitos tropezando y oficinistas enamorados de la palabra “ternura”.

¿Por qué cree que la poesía echó para atrás?

Es un problema del mundo. En el Festival de Poesía de Medellín uno oye a los de Alemania, Egipto, Finlandia o Pereira y todos escriben la misma pendejada, tal vez porque la poesía se va a acabar o va a cambiar. Si el poeta no se involucra en la ciencia posmoderna y con la metafísica es difícil atraer a la gente. Yo creo firmemente que todo lo que dicen los físicos modernos cuando hablan del origen, de los agujeros negros donde los relojes se deforman y marchan más despacio, de las cópulas entre las galaxias que se abrazan, está lleno de poesía auténtica. Pero los poetas hoy suelen ser muy ignorantes, leen muchas solapas en vez de leer los libros completos y con eso se defienden. Como en todo, en la política también, la simulación prima en la poesía. La mayoría, yo que los conozco, se mantienen borrachos de coctel en coctel.

¿Cómo surgen sus poemas?

Los poemas vienen. Hacía muchos años que no escribía poemas porque no venían y ahora parece que quieren que yo los vuelva a escribir. Yo creo que la poesía sirve para devolverle a la gente el sentido del misterio. Para escribir poemas necesitamos mucha limpieza interior, me parece. Mucho desapego y al mismo tiempo mucho respeto por el lenguaje donde el hombre habita.

¿Qué tanto lo han inspirado las mujeres?

Yo no escribo casi poemas de alabanza a las mujeres, porque cuando me enamoro de una mujer es para disfrutarla, no para hacerle odas a los ojos. Eso se lo dejo a su oftalmólogo.

¿Cómo define su poesía?

Comparo mi poesía con los cajones de mi papá, el anticuario. Cuando vendía antigüedades, mi padre compraba unos guacales y los llenaba de paja y ahí metía unos platicos de porcelana, unos medallones de bronce, unos relicarios con cadejos de pelos de princesas, unas cartas de algún amor histórico. En el fondo, mi obra puede ser eso, un montón de paja donde alguna persona de buena voluntad, si se decide a escarbar sin prejuicios, y sin miedo a las cucarachas, puede encontrar, de pronto, algo valioso. Algún pequeño tesoro transitorio.

¿Cuál es su objetivo como poeta?

Enseñarle a la gente a mirar el mundo.

¿Qué poeta colombiano admira?

A León de Greiff. Creo que es el gran poeta colombiano de todos los tiempos y uno de los mayores de la lengua. Es un poeta fabuloso, humorístico, melancólico, excesivo. Muchas obras suyas son para leerlas bailando. Es una fiesta del lenguaje. Y claro, los poemas del primer Álvaro Mutis, el de los hospitales de ultramar.

¿Qué tan difícil es ser poeta en Colombia?

Ser poeta en Colombia es tan difícil como en todas partes pero peor. Porque no hay un público con el gusto afinado. Porque la gente se babea consumiendo cuidos mediocres. Se vive de la poesía cuando no queda otro remedio.

Quiero preguntarle por las drogas. ¿Qué probó, qué le gustó?

Conocí la marihuana desde jovencito. El LSD, el STP, el DMT y los hongos los conocí pasados los veinte años. Pero no es posible hablar de la experiencia íntima de Dios, el bien y la belleza que viví en mi primer viaje de LSD, por ejemplo. Las drogas pueden ponerte en contacto con otras dimensiones del pensamiento y de la vida. Y tampoco puedo hablar del espantoso encuentro con el demonio como encarnación del mal que se me dio más tarde en el apartamento de Elmo Valencia, en Cali. Solo puedo decir que las drogas me enseñaron sobre mí mismo muchas cosas que mi educación en colegios confesionales no fue capaz de revelarme.

¿Cómo fue ese encuentro con el demonio?

El diablo somos nosotros mismos. Eso lo sabe todo el mundo, aunque algunos fingen bien que lo ignoran. Es lo nocturno en nosotros. Y por eso es indescriptible en palabras publicables.

En su juventud militó en la izquierda y hasta intentó ser parte de una guerrilla. Hábleme de esa experiencia.

Tenía 17 años. Fue una aventura cómica que me convirtió en ladronzuelo y por poco me convierte en asesino y en todo caso en un peligro social. Mis jefes me mandaron en un bus intermunicipal desde Medellín a Cartagena, con unas cajas de cartón llenas de tacos de dinamita. Eran unos locos, enloquecidos por un par de libros de las ediciones extranjeras de Moscú que habían leído, y uno era tan ingenuo, que aunque no tenía en qué caerse muerto, arriesgaba la vida por los gangsters del Kremlin. Por fortuna ese episodio del marxismo-leninismo ya pasó.

A Álvaro Uribe usted lo defendió en su columna de El Tiempo. ¿Después de haber sido de izquierda es posible volverse de derecha?

La izquierda no es más que una forma del conservadurismo hace tiempos. El liberalismo de Uribe también recoge muchos ideales de la izquierda clásica. Pero es preciso hacer una aclaración. Yo apoyé a Uribe en su ascenso al poder, no como mandamás. A Uribe lo entendí como un instrumento para la purificación de los pecados de la izquierda ortodoxa, la que viola niñas, envilece niños, quema escuelas y perfora oleoductos. Como reconocen sus propios enemigos, debilitó esa lumpen guerrilla nuestra de los comunistas de Gilberto Vieira, y fue un factor muy importante para obligarlos a sentarse en La Habana. Y eso siempre se le debe agradecer.

Es cierto que Uribe lo nombró representante de la presidencia en el Consejo Nacional de la Cultura. ¿Usted qué le dijo?

Es cierto. Y leí todas las leyes que sobre la cultura expidió el Congreso en los últimos años. Una sopa de anzuelos. Pero yo vivo muy ocupado escribiendo y me hice el pendejo.

Defender a Uribe le trajo muchos problemas con sus amigos más cercanos, artistas e intelectuales.

Mis amigos no entendieron un carajo. Cómo van a entenderme si creen que Petro es un hombre de izquierda y que el Canal Capital es mejor que RCN. Y que el Che Guevara fue un gran hombre y que Fidel Castro le dio al pueblo cubano la palabra, según dijo William Ospina. Mis amigos, en general, han confundido el papel del escritor con el lagarteo, y la gloria con la fama de la vida social.

¿Cómo nació la idea de escribir Cuando nada concuerda, el libro de ensayos que publicó en 2013?

Los libros en mí van surgiendo solos, secretados. Primero son una bruma y después un entusiasmo y de repente se descubren listos, acabados. Hasta cierto punto, claro. Porque uno jamás termina de escribir el libro que quiere.

Un libro de ensayos es una apuesta poco comercial. Sé que lo mandó a varias editoriales. ¿Qué le dijeron?

En una editorial de mucho prestigio se me dijo que mi libro era rechazado porque estaba muy bien escrito y era muy erudito, y paliaron los elogios acusándolo también de desequilibrado. Pero ¡cómo quieren de mí un libro equilibrado! Y al final me dieron un consejo: que se lo propusiera a una editorial universitaria porque no compaginaba con el perfil de sus lectores. Hoy los editores calculan la excelencia de un libro según las proyecciones del departamento de contabilidad. Y por eso circulan tanto los libros de los simuladores que suelen redactar tan bonito y saben decirle a la gente lo que quiere oír, sin desgarrarla. Pero yo no voy a cambiar.

En ese libro es muy crítico con Cien años de soledad, lo describe como un Disney World para los pobres. ¿Por qué lo decepcionó un libro que ha marcado a millones de lectores?

El mismo García Márquez me dio la razón a través de su amigo Iader Giraldo. Y se sabe que por superar ese que llamó un vallenato largo, a mí no me gusta el vallenato, escribió El otoño del patriarca. Lo dejo explicado en Cuando nada concuerda. Dejémosle la tarea de descubrir cómo a los lectores.

Ahora está preparando Cabos Sueltos, otro libro de ensayos. ¿De qué se trata?

Está compuesto por una serie de ensayos sobre literatura, como el anterior. Pero si en Cuando nada concuerda me limité a registrar los libros más decisivos en la vida cultural del siglo XX, en Cabos sueltos me ocupa también en gran parte una visión, la de mi vejez de lector irredento, de la literatura colombiana, la vieja de Carrasquilla y Epifanio Mejía, el dulce cantor de La tórtola y Fernando González, mi amigo y pariente inolvidable, y Fernando Vallejo y William Ospina. También va a incluir un reflexión sobre el Tao Te Ching, que es un libro que he trajinado desde la adolescencia y del cual guardo un montón de traducciones tan distintas que parecen todas traducciones de un libro diferente.

¿En qué va el proyecto de montar un hostal en su finca de San Francisco?

Estoy esperando un socio que me ayude. A mí todo el tiempo se me va sentado ante el computador. Sería bueno establecer en este lugar tan hermoso un hostal, un tertuliadero para venir a hablar de estas pendejadas. Ya se dará. Las cosas suceden a su tiempo, cuando el deseo ha terminado la gestación y está listo para parir.

Uno tiene la idea de que a los poetas les va muy bien con las mujeres. ¿Cómo le ha ido en el amor?

Yo creo que el hecho de que un hombre se haya encamado con muchas mujeres no quiere decir que haya tenido suerte con ellas. Al contrario, una historia sentimental demasiado variada cuenta siempre el fracaso del amor.

¿Cuándo fue la última vez que se enamoró?

Ayer. Yo me enamoro, al menos, cada 48 horas.

Hace unos años me dijo que pensaba en la muerte todos los días. ¿Cómo va eso?

La vejez y la muerte anulan los proyectos. Pero son parte de una honesta concepción de la vida como es. Lo que pasa es que hoy la gente, la mayoría, no tiene tiempo para enfrentar la realidad y cuando ataca lo que Heidegger llamó la nada, huyen al ruido que les propician los medios de comunicación, encienden la radio y la televisión o se van a aturdirse en las bibliotecas.

Sé que compra el Baloto todas las semanas. ¿Qué haría si se lo gana?

No sé qué haré cuando me lo gane. Quizás me compre una tractomula con un vagón biblioteca o un yate. Pero no me gusta el condicional de la pregunta. Eso es falta de fe en mí y en el azar que siempre fue generoso conmigo.